¿Por qué soy tan sensible al dolor?

El maestro le enseña a su discípulo una importante lección con respecto al dolor y el porqué unos son más sensibles a este que otros.

 Un anciano maestro hindú, cansado de las quejas de su discípulo, le mandó una mañana a por sal. Cuando hubo regresado, le ordenó echar un puñado de sal en un vaso de agua y que se lo bebiese todo.

- ¿Qué tal sabe? - le preguntó.

- ¡Muy fuerte! - respondió el joven.

El maestro sonrió y, acto seguido, le dijo que echase la misma cantidad de sal en el lago. Los dos caminaron en silencio hasta allí y el joven tiró la sal en el agua. El anciano, entonces, ordenó:

- Ahora bebe agua del lago.


Luchar contra la ira

El poderoso guerrero samurai se entrevista con el gran maestro y sabio Riokan, con duda fundamental: ¿Existe el cielo y el infierno en la Tierra?

Luchar contra la ira

El famoso soldado Noda había peleado en muchas y cruentas batallas. Estaba hastiado de la guerra, deprimido y descreído. Para buscar un nuevo sentido a su vida, acudió a visitar al maestro Riokan.

Cuando lo tuvo delante, le preguntó:

- ¿Existe realmente un cielo y un infierno?

- ¿Quién eres tú? - Le pregunto el maestro con gesto despectivo.

La envidia y el síndrome de Solomon

Formamos parte de una sociedad que tiende a condenar el talento y el éxito ajenos La envidia paraliza el progreso por el miedo que genera no encajar con la opinión de la mayoría.

En 1951, el reconocido psicólogo estadounidense Solomon Asch fue a un instituto para realizar una prueba de visión. Al menos eso es lo que les dijo a los 123 jóvenes voluntarios que participaron –sin saberlo– en un experimento sobre la conducta humana en un entorno social. El experimento era muy simple. En una clase de un colegio se juntó a un grupo de siete alumnos, los cuales estaban compinchados con Asch. Mientras, un octavo estudiante entraba en la sala creyendo que el resto de chavales participaban en la misma prueba de visión que él.

Haciéndose pasar por oculista, Asch les mostraba tres líneas verticales de diferentes longitudes, dibujadas junto a una cuarta línea. De izquierda a derecha, la primera y la cuarta medían exactamente lo mismo. Entonces Asch les pedía que dijesen en voz alta cuál de entre las tres líneas verticales era igual a la otra dibujada justo al lado. Y lo organizaba de tal manera que el alumno que hacía de cobaya del experimento siempre respondiera en último lugar, habiendo escuchado la opinión del resto de compañeros.


El mendigo y el rey

La petición del mendigo le hará aprender una importante elección.

El Rey Arnon I había dado ordenes a sus servidores para que, un dia a la semana, permitieran que cualquiera de sus súbditos que así lo deseara, se acercara a él para exponer sus problemas y hacer sus peticiones.

Un dia se acercó un mendigo de vestiduras miserables y se arrodilló ante él. El Rey, poco dado a ceremonias, le ordenó levantarse enseguida y contar sus problemas.

-Señor, aqui donde vuestra Majestad me ve, siempre he sido un trabajador olvidado por la Fortuna. Mis vecinos prosperaban mientras que mis negocios se hundían en la mala suerte y mis propiedades se reducían hasta que tuve que venderlo todo para pagar mis deudas. A ellos los veia felices con sus hijos y sus casa preciosas mientras que yo tenía que vivir en las calles pidiendo un trozo de pan para comer.-dijo el mendigo y añadió ¿Puede su Majestad cambiar mi suerte en la vida?

Las diferentes guerras. Ahora toca cáncer.

 Viniste a matarme y aquí estoy. Te voy a plantar cara hasta el final. Y encima voy a aprender de la experiencia.

Viniste a matarme y aquí estoy. Te voy a plantar cara hasta el final. Y encima voy a aprender de la experiencia.

He pasado dos depresiones ansiosas en mi vida, las superé y me hicieron más fuerte.

Ahora la batalla es contra un cáncer maligno de pecho.

Supongo que no es comparable una enfermedad con la otra, pero lo voy a intentar.

Cuando tienes depresión te sientes sola, rara, incomprendida, triste y sin salida. Hay momentos de angustia que se quitan llorando. Todo es dolor y soledad.


La visita de la muerte

Aquella mañana la muerte se dirigía a la ciudad a hacer su trabajo.

La muerte se dirigía aquella mañana hacia una ciudad cuando un hombre le preguntó:

-¿Qué vas a hacer?

- Voy a llevarme a cien personas- respondió con su voz grave y pausada.

- Eso es horrible- dijo el hombre.

- Así tiene que ser- espetó la muerte-. Eso es lo que hago yo.

Lo que quiero ahora

Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos.

Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente estas Navidades a enfermedades gravísimas. O porque, por suerte para mí, mi compañero es un hombre que no posee nada material pero tiene el corazón y la cabeza más sanos que he conocido y cada día aprendo de él algo valioso. O tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación –al menos la sensación– de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida.

Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.

¿Cómo va a ser tú día hoy?

Aprendí a ser feliz cuando comprendí que de nada servia estar triste.

Esta mañana desperté emocionada con todas las cosas que tengo que hacer antes de que el reloj marque la medianoche.

Tengo responsabilidades que cumplir hoy. SOY IMPORTANTE.

Mi trabajo es escoger que clase de día voy a tener.

Hoy puedo quejarme porque el día esta lluvioso, o puedo dar gracias a Dios porque las plantas están siendo regadas gratis.

Hoy me puedo sentir triste porque no tengo más dinero, o puedo estar contento de que mis finanzas me empujan a planear mis compras con inteligencia.

Nadie me quiere porque soy diferente.

En el cuento del mono Grandón aprenderemos que nadie se fijó en que era un ángel hasta que abrió sus alas.

En las selvas del Africa Central el rio Congo transcurre apacible y en algunos lugares se divide para, poco después, volver a unirse formando pequeñas islas llenas de todo tipo de árboles habitados por muchas familias de monos. En una de ellas nació Grandón llamado así por su gran tamaño, impropio de los miembros de su tribu que eran más pequeños y ligeros.

Como todos los diferentes, Grandón se vio condenado desde pequeño a jugar solo pues su tamaño no le permitía alzarse hasta las más altas ramas que se rompian con su peso. Su caracter se hizo huraño y solitario y los demás monos se reían de él. A sus espaldas, eso si, porque su tamaño les asustaba. Grandón pasaba el dia recorriendo la isla, nadando hasta las orillas distantes y caminando por la selva sin tener miedo a casi nada.

El aguilucho

Mamá águila enseña a su pequeño a volar.

Mamá águila había llegado a la conclusión de que ya era hora de que su polluelo echara a volar. Lo condujo a la rama más alta de un árbol y le dijo:

- Mira como lo hago yo, hijo- mientras sacudía elegantemente sus alas y escribía en el cielo una linea perfecta.

El joven aguilucho la miraba con envidia e incluso intentó extender las alas pero se asustó y se agarró firmemente a la rama del árbol como el naúfrago se sujeta al último tablón.

Mamá águila volvía y se posaba, animando a su retoño.

- Tienes que hacerlo- le decía- eres un águila y nosotras somos las dueñas del cielo.

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