El mendigo y el rey

La petición del mendigo le hará aprender una importante elección.

El Rey Arnon I había dado ordenes a sus servidores para que, un dia a la semana, permitieran que cualquiera de sus súbditos que así lo deseara, se acercara a él para exponer sus problemas y hacer sus peticiones.

Un dia se acercó un mendigo de vestiduras miserables y se arrodilló ante él. El Rey, poco dado a ceremonias, le ordenó levantarse enseguida y contar sus problemas.

-Señor, aqui donde vuestra Majestad me ve, siempre he sido un trabajador olvidado por la Fortuna. Mis vecinos prosperaban mientras que mis negocios se hundían en la mala suerte y mis propiedades se reducían hasta que tuve que venderlo todo para pagar mis deudas. A ellos los veia felices con sus hijos y sus casa preciosas mientras que yo tenía que vivir en las calles pidiendo un trozo de pan para comer.-dijo el mendigo y añadió ¿Puede su Majestad cambiar mi suerte en la vida?


Las diferentes guerras. Ahora toca cáncer.

 Viniste a matarme y aquí estoy. Te voy a plantar cara hasta el final. Y encima voy a aprender de la experiencia.

Viniste a matarme y aquí estoy. Te voy a plantar cara hasta el final. Y encima voy a aprender de la experiencia.

He pasado dos depresiones ansiosas en mi vida, las superé y me hicieron más fuerte.

Ahora la batalla es contra un cáncer maligno de pecho.

Supongo que no es comparable una enfermedad con la otra, pero lo voy a intentar.

Cuando tienes depresión te sientes sola, rara, incomprendida, triste y sin salida. Hay momentos de angustia que se quitan llorando. Todo es dolor y soledad.

La visita de la muerte

Aquella mañana la muerte se dirigía a la ciudad a hacer su trabajo.

La muerte se dirigía aquella mañana hacia una ciudad cuando un hombre le preguntó:

-¿Qué vas a hacer?

- Voy a llevarme a cien personas- respondió con su voz grave y pausada.

- Eso es horrible- dijo el hombre.

- Así tiene que ser- espetó la muerte-. Eso es lo que hago yo.


Lo que quiero ahora

Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos.

Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente estas Navidades a enfermedades gravísimas. O porque, por suerte para mí, mi compañero es un hombre que no posee nada material pero tiene el corazón y la cabeza más sanos que he conocido y cada día aprendo de él algo valioso. O tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación –al menos la sensación– de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida.

Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.

¿Cómo va a ser tú día hoy?

Aprendí a ser feliz cuando comprendí que de nada servia estar triste.

Esta mañana desperté emocionada con todas las cosas que tengo que hacer antes de que el reloj marque la medianoche.

Tengo responsabilidades que cumplir hoy. SOY IMPORTANTE.

Mi trabajo es escoger que clase de día voy a tener.

Hoy puedo quejarme porque el día esta lluvioso, o puedo dar gracias a Dios porque las plantas están siendo regadas gratis.

Hoy me puedo sentir triste porque no tengo más dinero, o puedo estar contento de que mis finanzas me empujan a planear mis compras con inteligencia.


Nadie me quiere porque soy diferente.

En el cuento del mono Grandón aprenderemos que nadie se fijó en que era un ángel hasta que abrió sus alas.

En las selvas del Africa Central el rio Congo transcurre apacible y en algunos lugares se divide para, poco después, volver a unirse formando pequeñas islas llenas de todo tipo de árboles habitados por muchas familias de monos. En una de ellas nació Grandón llamado así por su gran tamaño, impropio de los miembros de su tribu que eran más pequeños y ligeros.

Como todos los diferentes, Grandón se vio condenado desde pequeño a jugar solo pues su tamaño no le permitía alzarse hasta las más altas ramas que se rompian con su peso. Su caracter se hizo huraño y solitario y los demás monos se reían de él. A sus espaldas, eso si, porque su tamaño les asustaba. Grandón pasaba el dia recorriendo la isla, nadando hasta las orillas distantes y caminando por la selva sin tener miedo a casi nada.

El aguilucho

Mamá águila enseña a su pequeño a volar.

Mamá águila había llegado a la conclusión de que ya era hora de que su polluelo echara a volar. Lo condujo a la rama más alta de un árbol y le dijo:

- Mira como lo hago yo, hijo- mientras sacudía elegantemente sus alas y escribía en el cielo una linea perfecta.

El joven aguilucho la miraba con envidia e incluso intentó extender las alas pero se asustó y se agarró firmemente a la rama del árbol como el naúfrago se sujeta al último tablón.

Mamá águila volvía y se posaba, animando a su retoño.

- Tienes que hacerlo- le decía- eres un águila y nosotras somos las dueñas del cielo.

Adios miedo, adios

Carta de despedida al miedo.No debo dejar que tú seas protagonista. Porque cuando el miedo es protagonista, aparece el infierno.

Te escribo esta carta para agradecerte todos estos años en los que cuidaste de mi. Me apartaste de malas compañías, de peligros y, en más de una ocasión, me salvaste la vida.

Nuestra relación iba bien hasta que, poco a poco, fuiste buscando cada vez más protagonismo. Llegó un momento en el que mi yo se fusionó contigo y la vida se convirtió en un lugar hostil lleno de peligros. Todo me daba miedo, ya no disfrutaba de nada, la vida dejó de tener sentido y nuestra relación también. Hay una pequeña linea entre tener miedo a todo y no tenerle a nada. Y eso conseguiste. Por querer estar en todas partes, empezaste a no estar en ninguna. Tan peligroso es lo uno como lo otro.

Te escribo entre otras cosas para explicarte quien manda. Tu trabajo es advertirme de los peligros y te lo agradezco, pero he madurado y quiero mi independencia. Ahora seré yo la que decida si algo es peligroso o no. Yo tomo las riendas. La vida puede ser maravillosa o un infierno. Y si algo he aprendido es que no debo dejar que tú seas protagonista. Porque cuando el miedo es protagonista, aparece el infierno. Por eso te fuiste, por eso te eché.

Si no se de donde vengo, no se quien soy.

Un chico buscaba trabajó y en el proceso encontró algo mucho más importante.

Un joven fue a solicitar un puesto importante en una empresa grande. Pasó la entrevista inicial e iba a conocer al director para la entrevista final. El director vio su CV, era excelente. Y le preguntó: "

-¿Recibió alguna beca en la escuela?" el joven respondió "no".

-"¿Fue tu padre quien pagó tus estudios? " -" Si."-respondió.

-"¿Dónde trabaja tu padre? " -"Mi padre hace trabajos de herreria." El director pidió al joven que le mostrara sus manos. El joven mostró un par de manos suaves y perfectas.

-"¿Alguna vez has ayudado a tu padre en su trabajo? " -"Nunca, mis padres siempre quisieron que estudiara y leyera más libros. Además, él puede hacer esas tareas mejor que yo. El director dijo: -"Tengo una petición: cuando vayas a casa hoy, ve y lava las manos de tu padre, y luego ven a verme mañana por la mañana."

La importancia de la emoción.

Cuando la realidad es tan dura que no te deja vivir, la razón se aparta, la   memoria se fulmina y nos queda un ser humano capaz de vivir sus sentimientos empezando de cero.

El otro día caminando por la calle me encontré con una persona que me resultaba familiar, sin embargo por más vueltas que le daba a la cabeza no era capaz de reconocer quién era, ni dónde la había conocido. En mi confusión intenté pensar y llegué a la conclusión de que lo único que recordaba era la emoción que esa persona me hacía sentir. Recordaba que era alguien que aportó a mi vida emociones positivas, que me caía bien y que me era simpática. Pero seguía sin recordar su nombre, ni el lugar en el que la conocí.

Finalmente y tirando de mis recuerdos emocionales conseguí averiguar todo sobre ella, su nombre, donde la conocí y lo más importante de todo que, efectivamente, fue alguien que aportó cosas buenas a mi vida. No puedo dejar de acordarme en estos momentos de mi abuela, enferma de Alzheimer, que tras haber olvidado los nombres y el parentesco de todos y cada uno de sus hijos y de sus nietos, lo que nunca olvidó fue su emoción. Su gran sonrisa de complicidad al vernos. Quizás su cognición estaba confusa pero sus sentimientos eran claros. A mi madre la llamaba mamá, yo trataba de explicarle que era su hija, no su madre y ella se negaba. Supongo que el rol que mi madre tenía era de cuidarla y protegerla, es decir, en realidad, en esos momentos era su madre. Y quién era yo para martirizarla quitandosela. Así que desde aquel día la compartimos.

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