La alegoría del carruaje 3.

Cuentos de vida > El camino que recorremos cuando nos damos cuenta de que hemos perdido lo que amabamos.

La alegoría del carruaje 3.

Mirando hacia la derecha me sobresalta un movimiento brusco del carruaje.

Miro el camino y me doy cuenta de que estamos transitando por la banquina.

Le grito al cochero que tenga cuidado y él inmediatamente retoma la senda.

No entiendo cómo se ha distraído tanto como para no notar que dejaba la huella.

Quizás se esté poniendo viejo.

Giro mi cabeza hacia la izquierda para hacerle una señal a mi compañero de ruta y dejarle saber que todo está en orden... pero no lo veo.

El sobresalto ahora es intenso, nunca antes nos habíamos perdido en ruta.

Desde que nos encontramos no nos habíamos separado ni por un momento.

Era un pacto sin palabras.

Nos deteníamos si el otro se detenía.

Acelerábamos si el otro apuraba el paso.

Tomábamos juntos el desvío si cualquiera de los dos decidía hacerlo...

Y ahora ha desaparecido.

De repente no está a la vista.

Me asomo infructuosamente observando el camino hacia ambos lados.

No hay caso.

Le pregunto al cochero, y me confiesa que desde hace un rato dormitaba en el pescante. Argumenta que, de tanto andar acompañados, muchas veces alguno de los dos cocheros se dormía por un ratito, confiado en que el otro se haría vigía del camino.

Cuántas veces los caballos mismos dejaban de imponer un ritmo propio para cabalgar al que imponían los caballos del carruaje de al lado.

Éramos como dos personas guiadas por un mismo deseo, como dos individuos con un único intelecto, como dos seres habitando en un solo cuerpo.

Y de repente,

la soledad,

el silencio,

el desconcierto...

¿Se habría accidentado mientras yo distraído no miraba?

Quizás los caballos habían tomado el rumbo equivocado aprovechando que ambos cocheros dormían...

Quizás el carruaje se había adelantado sin siquiera notar nuestra ausencia y proseguía su marcha más adelante en el camino.

Me asomo una vez más por la ventanilla y grito:

- ¡¡¡Hola!!!

Espero unos segundos y le repito al silencio:

- ¡Hooolaaaa!

Y aun una vez más:

- ¿¿¿Dónde estás???

...

Ninguna respuesta.

¿Debería volver a buscarlo...

sería mejor quedarme y esperar que llegue...

o más bien debería acelerar el paso para volver a encontrarlo más adelante?

Hace mucho tiempo que no me planteaba estas decisiones.

Había decidido allá y entonces dejarme llevar a su lado adonde el camino apuntara.

Pero ahora...

El temor de que estuviera extraviado y la preocupación de que algo le haya pasado van dejando lugar a una emoción diferente.

¿Y si hubiera decidido no seguir conmigo?

Después de un tiempo me doy cuenta de que por mucho que lo espere nunca volverá.

Por lo menos no a este lugar.

La opción es seguir o dejarme morir aquí.

Dejarme morir.

Me tienta esa idea.

Desengancho los caballos y le pido al cochero que se apee.

Los miro: carruaje, cochero, caballos, yo mismo...

Así me siento, dividido, perdido, destrozado.

Mis pensamientos por un lado, mis emociones por otro, mi cuerpo por otro, mi alma, mi espíritu, mi conciencia de mí mismo, allí paralizada.

Levanto la vista y miro al camino hacia adelante.

Desde donde estoy, el paisaje parece un pantano.

Unos metros al frente la tierra se vuelve un lodazal.

Cientos de charcos y barriales me muestran que el sendero que sigue es peligroso y resbaladizo...

No es la lluvia lo que ha empapado la tierra.

Son las lágrimas de todos los que pasaron antes

por este camino mientras iban llorando una pérdida.

También las mías, creo... pronto mojarán el sendero...

 

(Jorge Bucay del libro el camino de las lágrimas)