La ciudad de los pozos

En la ciudad de los pozos, estos se desvivían por acaparar y acumular gran cantidad de objetos, cuando no cabían más cosas en ellos decidieron ensancharse para ampliar su capacidad.

 

Esta ciudad no estaba habitada por personas, como todas las demás ciudades del planeta.

Esta ciudad estaba habitada por pozos. Pozos vivientes ...pero pozos al fin y al cabo.

Los pozos se diferenciaban entre sí, no solo por el lugar en el que estaban excavados sino también por el brocal (la abertura que los conectaba con el exterior). Había pozos pudientes y ostentosos con brocales de mármol y de metales preciosos; pozos humildes de ladrillo y madera y algunos otros más pobres, con simples agujeros pelados que se abrían en la tierra.

La comunicación entre los habitantes de la ciudad era de brocal a brocal y las noticias cundían rápidamente, de punta a punta del poblado.

Un día llegó a la ciudad una "moda" que seguramente había nacido en algún pueblito humano: La nueva idea señalaba que todo ser viviente que se precie debería cuidar mucho más lo interior que lo exterior. Lo importante no es lo superficial sino el contenido.

Así fue como los pozos empezaron a llenarse de cosas. Algunos se llenaban de cosas, monedas de oro y piedras preciosas. Otros, más prácticos, se llenaron de electrodomésticos y aparatos mecánicos. Algunos más optaron por el arte y fueron llenándose de pinturas , pianos de cola y sofisticadas esculturas posmodernas. Finalmente los intelectuales se llenaron de libros, de manifiestos ideológicos y de revistas especializadas.

Pasó el tiempo.

La mayoría de los pozos se llenaron a tal punto que ya no pudieron incorporar nada más.

Los pozos no eran todos iguales así que , si bien algunos se conformaron, hubo otros que pensaron que debían hacer algo para seguir metiendo cosas en su interior...

Alguno de ellos fue el primero: en lugar de apretar el contenido, se le ocurrió aumentar su capacidad ensanchándose.

No paso mucho tiempo antes de que la idea fuera imitada, todos los pozos gastaban gran parte de sus energías en ensancharse para poder hacer más espacio en su interior.

Un pozo, pequeño y alejado del centro de la ciudad, empezó a ver a sus camaradas ensanchándose desmedidamente. El pensó que si seguían hinchándose de tal manera , pronto se confundirían los bordes y cada uno perdería su identidad...

Quizás a partir de esta idea se le ocurrió que otra manera de aumentar su capacidad era crecer, pero no a lo ancho sino hacia lo profundo. Hacerse más hondo en lugar de más ancho.

Pronto se dio cuenta que todo lo que tenia dentro de él le imposibilitaba la tarea de profundizar. Si quería ser más profundo debía vaciarse de todo contenido...

Al principio tuvo miedo al vacío, pero luego , cuando vio que no había otra posibilidad, lo hizo.

vacío de posesiones, el pozo empezó a volverse profundo, mientras los demás se apoderaban de las cosas de las que él se había deshecho...

Un día , sorpresivamente el pozo que crecía hacia adentro tuvo una sorpresa: adentro, muy adentro , y muy en el fondo encontró agua!!!.

Nunca antes otro pozo había encontrado agua...

El pozo supero la sorpresa y empezó a jugar con el agua del fondo, humedeciendo las paredes, salpicando los bordes y por último sacando agua hacia fuera.

La ciudad nunca había sido regada más que por la lluvia, que de hecho era bastante escasa, así que la tierra alrededor del pozo, revitalizada por el agua, empezó a despertar.

Las semillas de sus entrañas, brotaron en pasto , en tréboles, en flores, y en troquitos endebles que se volvieron árboles después...

La vida explotó en colores alrededor del alejado pozo al que empezaron a llamar "El Vergel".

Todos le preguntaban cómo había conseguido el milagro. -Ningún milagro- contestaba el Vergel- hay que buscar en el interior, hacia lo profundo... Muchos quisieron seguir el ejemplo del Vergel, pero desandaron la idea cuando se dieron cuenta de que para ir más profundo debían vaciarse.

Siguieron ensanchándose cada vez más para llenarse de más y más cosas...

En la otra punta de la ciudad, otro pozo, decidió correr también el riesgo del vacío...

Y también empezó a profundizar...

Y también llegó al agua...

Y también salpicó hacia fuera creando un segundo oasis verde en el pueblo...

-¿Qué harás cuando se termine el agua?- le preguntaban. -No sé lo que pasará- contestaba- Pero, por ahora, cuánto más agua saco , más agua hay. Pasaron unos cuantos meses antes del gran descubrimiento.

Un día, casi por casualidad, los dos pozos se dieron cuenta de que el agua que habían encontrado en el fondo de sí mismos era la misma...Que el mismo río subterráneo que pasaba por uno inundaba la profundidad del otro.

Se dieron cuenta de que se abría para ellos una nueva vida. No sólo podían comunicarse, de brocal a brocal, superficialmente , como todos los demás, sino que la búsqueda les había deparado un nuevo y secreto punto de contacto:

La comunicación profunda que sólo consiguen entre sí, aquellos que tienen el coraje de vaciarse de contenidos y buscar en lo profundo de su ser lo que tienen para dar...


Sueños de semilla

Nuestros sueños son como semillas de los árboles, comienzan siendo muy pequeñas pero con el tiempo y el esfuerzo van creciendo, así como lo hacen nuestros sueños

 

En el silencio de mi reflexión percibo todo mi mundo interno como si fuera una semilla, de alguna manera pequeña e insignificante pero también pletórica de potencialidades.

...Y veo en sus entrañas el germen de un árbol magnífico, el árbol de mi propia vida en proceso de desarrollo.

En su pequeñez, cada semilla contiene el espíritu del árbol que será después. Cada semilla sabe cómo transformarse en árbol, cayendo en tierra fértil, absorbiendo los jugos que la alimentan, expandiendo las ramas y el follaje, llenándose de flores y de frutos, para poder dar lo que tienen que dar.

Cada semilla sabe cómo llegar a ser árbol. Y tantas son las semillas como son los sueños secretos.

Dentro de nosotros, innumerables sueños esperan el tiempo de germinar, echar raíces y darse a luz, morir como semillas... para convertirse en árboles.

Árboles magníficos y orgullosos que a su vez nos digan, en su solidez, que oigamos nuestra voz interior, que escuchemos la sabiduría de nuestros sueños semilla.

Ellos, los sueños, indican el camino con símbolos y señales de toda clase, en cada hecho, en cada momento, entre las cosas y entre las personas, en los dolores y en los placeres, en los triunfos y en los fracasos. Lo soñado nos enseña, dormidos o despiertos, a vernos, a escucharnos, a darnos cuenta.

Nos muestra el rumbo en presentimientos huidizos o en relámpagos de lucidez cegadora.

Y así crecemos, nos desarrollamos, evolucionamos... Y un día, mientras transitamos este eterno presente que llamamos vida, las semillas de nuestros sueños se transformarán en árboles, y desplegarán sus ramas que, como alas gigantescas, cruzarán el cielo, uniendo en un solo trazo nuestro pasado y nuestro futuro.

Nada hay que temer,... una sabiduría interior las acompaña... porque cada semilla sabe... cómo llegar a ser árbol...   

Esclavo del amor

Cuando estamos enfermos nos cuidan, nos entienden. Pero cuando es el corazón el que se rompe, todos disimulan y nos sentimos solos, más solos que nunca. Porque hay algo peor que se te parta el alma.


Había un rey que buscaba esposa pero no encontraba a nadie a quien querer y a nadie que le quisiera. Su tristeza iba en aumento día tras día. Hasta que un día cayó enfermo. Mandaron traer a los mejores médicos del reino pero ninguno daba con el remedio a la enfermedad del rey.

Una mañana una joven esclava, famosa por su sabiduría y por curar enfermedades en el pueblo fue llamada a palacio y los médicos desesperados le pidieron ayuda. Ella advirtió que no era médico pero podía intentar ayudar al rey.

Cuando vio al monarca rápido se percató de lo que le ocurría. Estaba enfermo pero del alma y ella no sabía cómo curar las heridas del corazón. Ver al rey así la sumió en una profunda tristeza y se quedó allí cuidándole con cariño. Cada tarde se sentaba al lado de su cama y conversaban sobre las cosas divertidas de la aldea, sobre la vida, sobre el amor.

Poco a poco el rey fue recuperándose, ante la sorpresa de todos, incluida la esclava. Hasta que un día el rey se recuperó del todo. Los médicos agradecieron a la esclava sus servicios y le quisieron pagar con 300 doblones de oro. Ella se negó porque consideraba que no había curado al rey. Se marchó como había venido aunque en su rostro caían lágrimas de tristeza porque sin darse cuenta y en silencio se había enamorado del rey. Pero dónde iba ella !Una simple esclava!

Por la mañana el rey preguntó por Esperanza, que así se llamaba la esclava y le dijeron que ya había partido de palacio.

- ¿Cómo que ha partido? - ¿Quién le dijo que se fuera? - vociferó el rey.

- Nosotros pensamos que ya no hacía falta, que su alteza estaba curada y ella dijo que no había hecho nada, que os curasteis solo. - dijeron los médicos.

- Estáis ciegos, ella descubrió mi enfermedad, ella miró mi corazón y ella me dio lo que necesitaba, quién sino ella me ha curado ineptos.

- Traed mi caballo y rezad porque la encuentre.

El rey subido a su caballo se fue en busca de su amada, por el camino pensaba si ella le querría, si estaría casada.

Soy tan egoísta que no sé nada de su vida, moriré de pena si no me quiere – decía para sí.

Llegó a la aldea dónde un día vivió Esperanza con la esperanza de encontrarla allí. Preguntó a los aldeanos y al fin encontró su casa. Esperanza estaba dentro muy enferma, tenía la misma enfermedad que un día postró al rey en una cama. Estaba enferma de amor.

El rey la llevó a palacio y esta vez fue él quien tuvo que cuidarla. Esperanza no se podía creer lo que estaba pasando. No, no era que iba a ser reina, eso era lo de menos. Lo importante es que podía pasar el resto de sus días con el hombre que amaba. Eso si que la hizo sentirse una reina.

Autora: Rosa María Miguel.


El camino tortuoso de la vida

Un hombre se enfrenta a toda clase de obstáculos que se le cruzan en el camino, uno tras otro los supera pero se pregunta por qué su camino es tan difícil, sus metas están muy cerca, pero muy lejo

Voy andando por un sendero.

Dejo que mis pies me lleven.

Mis ojos se posan en los árboles, en los pájaros, en las piedras. En el horizonte se recorte la silueta de una ciudad. Agudizo la mirada para distinguirla bien. Siento que la ciudad me atrae.

Sin saber cómo, me doy cuenta de que en esta ciudad puedo encontrar todo lo que deseo. Todas mis metas, mis objetivos y mis logros. Mis ambiciones y mis sueños están en esta ciudad. Lo que quiero conseguir, lo que necesito, lo que más me gustaría ser, aquello a lo cual aspiro, o que intento, por lo que trabajo, lo que siempre ambicioné, aquello que sería el mayor de mis éxitos.

Me imagino que todo eso está en esa ciudad. Sin dudar, empiezo a caminar hacia ella. A poco de andar, el sendero se hace cuesta arriba. Me canso un poco, pero no me importa.

Sigo. Diviso una sombra negra, más adelante, en el camino. Al acercarme, veo que una enorme zanja me impide mi paso. Temo... dudo.

Me enoja que mi meta no pueda conseguirse fácilmente. De todas maneras decido saltar la zanja. Retrocedo, tomo impulso y salto... Consigo pasarla. Me repongo y sigo caminando.

Unos metros más adelante, aparece otra zanja. Vuelvo a tomar carrera y también la salto. Corro hacia la ciudad: el camino parece despejado. Me sorprende un abismo que detiene mi camino. Me detengo. Imposible saltarlo.

Veo que a un costado hay maderas, clavos y herramientas. Me doy cuenta de que está allí para construir un puente. Nunca he sido hábil con mis manos... Pienso en renunciar. Miro la meta que deseo... y resisto.

Empiezo a construir el puente. Pasan horas, o días, o meses. El puente está hecho. Emocionado, lo cruzo. Y al llegar al otro lado... descubro el muro. Un gigantesco muro frío y húmedo rodea la ciudad de mis sueños...

Me siento abatido... Busco la manera de esquivarlo. No hay caso. Debo escalarlo. La ciudad está tan cerca... No dejaré que el muro impida mi paso.

Me propongo trepar. Descanso unos minutos y tomo aire... De pronto veo, a un costado del camino un niño que me mira como si me conociera. Me sonríe con complicidad.

Me recuerda a mí mismo... cuando era niño.

Quizás por eso, me animo a expresar en voz alta mi queja: -¿Por qué tantos obstáculos entre mi objetivo y yo?

El niño se encoge de hombros y me contesta: -¿Por qué me lo preguntas a mí?

Los obstáculos no estaban antes de que tú llegaras... Los obstáculos los trajiste tú.

 

Cuento de: Jorge Bucay

La mirada del amor.

Quizás la expectativa de felicidad instantánea que solemos endilgarle al vínculo de pareja, este deseo de exultancia, se deba a un estiramiento ilusorio del instante de enamoramiento.

El rey estaba enamorado de Sabrina: una mujer de baja condición a la que el rey había hecho su última esposa.

Una tarde, mientras el rey estaba de cacería, llegó un mensajero para avisar que la madre de Sabina estaba enferma. Pese a que existía la prohibición de usar el carruaje personal del rey (falta que era pagada con la cabeza), Sabrina subió al carruaje y corrió junto a su madre.

A su regreso, el rey fue informado de la situación.

-¿No es maravillosa?-dijo-Esto es verdaderamente amor filial. No le importó su vida para cuidar a su madre!! Es maravillosa!

Cierto día, mientras Sabrina estaba sentada en el jardín del palacio comiendo fruta, llegó el rey. La princesa lo saludó y luego le dio un mordisco al último durazno que quedaba en la canasta.


Mi vida no tiene sentido. Crisis existencial.

El viento nunca es favorable para quien no sabe dónde va. Encuentra un objetivo y no dejes que nada te desanime.

 

El infierno es estar muerto en vida. Es no encontrar sentido a tu vida, no tener por lo que luchar, peor aún no saber por lo que luchar.

Tienes dos opciones quedarte ahí arrodillado aguantando los golpes, seguir metido debajo de la cama muerto de miedo o puedes levantarte y luchar. Es tu elección. 

Deja de culpar al mundo y sal a por todas. La diferencia entre el que gana y el que pierde, no es que uno no tiene miedo. La diferencia es que el ganador se enfrenta a su miedo.

No te diré que la vida es fácil, ni te diré que salir del infierno es fácil porque no lo es. Pero eso no te justifica para no intentarlo. ¿Qué tienes que perder? Te digo que el infierno es lo peor y estás en él. Solo puedes ganar. Lo fácil es rendirse, quejarse y llorar. Eso lo hace cualquiera. Pero salir a comerse el mundo y a luchar por lo que quieres no. Eso es para gente excepcional. Esos son los que ganan. Y viven en el mismo mundo que tú, no son de otro mundo. En su mundo también hay crisis, también escasea el trabajo, también hay terremotos, también hay telediarios que parecen el apocalipsis. Es el mismo mundo. Pero al ganador le da igual el mundo porque no cree en el mundo, cree en él. Le dan igual las circustancias porque sabe que puede con ellas, que tiene recursos.

Busca algo que te apasione, algo que siempre hayas querido hacer y ve a por ello. No escuches a los que te dicen que no puedes, que es una locura. Ellos son perdedores, si escuchas sus mensajes serás tan perdedor como ellos. No hables de lo mal que va el mundo, cambia lo que puedas de él. Puedes cambiarte a ti. Puedes dejar de lamentarte y ser feliz. Puedes creer en ti. Sabes lo que eres. Ve a por ello.

Autora: Rosa María Miguel García.

Quiero sentirme bien. Quiero ser feliz.

Así como hay ciertos alimentos que nos dañan y a los que tenemos que renunciar, debemos también aprender a renunciar a ciertas emociones que nos perjudican.

Cómo es posible que en un mundo cada vez más desarrollado en el que las personas viven mejor, van bien vestidas, bien alimentadas, se educan en buenos colegios y tienen médicos que atienden hasta sus más pequeñas dolencias resulte que el más mínimo contratiempo les hace perder la salud mental y necesitan acudir a especialistas para solucionarlo.

¿Qué está fallando? ¿Dónde está entonces el problema?

Pues el fallo es que vivimos en la era del bienestar y de la intolerancia a la frustración. Somos esa generación hedonista que no tolera contrariedades. Todos queremos alcanzar nuestras metas con rapidez y facilidad y nos hundimos cuando la vida nos presenta obstáculos.

Cuando se presentan dificultades nadamos a contracorriente, sin paciencia, sin persistir y sin ver los contratiempos como otra parte más de la vida. Nos rendimos, vamos lloriqueando como niños por los rincones y pedimos al doctor una pastilla que nos permita soportar nuestra pésima existencia.

Tenemos el “síndrome del derecho” :sentimos y actuamos como si tuviéramos derecho al éxito, al amor, a la aprobación, a una salud de hierro, a la felicidad...

Hemos imaginado una vida ideal, perfecta y cuando la comparamos con la realidad y no coinciden condenamos la realidad. En lugar de modificar nuestras expectativas, volverlas más realistas, seguimos tratando de alcanzar ese mundo ideal y perfecto que solo está en nuestra mente y que por supuesto es imposible de conseguir.

Somos las únicas personas en el mundo capaces de atormentarnos y martirizarnos con eficacia. Nadie en mundo tiene ese poder, solo tú. Y lo conseguimos, vaya si lo conseguimos...

Autora: Rosa María Miguel García.

El viajero sediento

Durante la noche de un largo viaje en la India uno de los pasajeros se queja molesto de la sed que tiene, sus quejas son tan pesarosas y repetidas que impiden al resto del pasaje el poder dormir.

 

Lentamente, el sol se había ido ocultando y la noche había caído por completo. Por la inmensa planicie de la India se deslizaba un tren como una descomunal serpiente quejumbrosa.

Varios hombres compartían un departamento y, como quedaban muchas horas para llegar al destino, decidieron apagar la luz y ponerse a dormir. El tren proseguía su marcha. Transcurrieron los minutos y los viajeros empezaron a conciliar el sueño. Llevaban ya un buen número de horas de viaje y estaban muy cansados. De repente, empezó a escucharse una voz que decía:

-¡Ay, qué sed tengo! ¡Ay, qué sed tengo!

Así una y otra vez, insistente y monótonamente. Era uno de los viajeros que no cesaba de quejarse de su sed, impidiendo dormir al resto de sus compañeros. Ya resultaba tan molesta y repetitiva su queja, que uno de los viajeros se levantó, salió del departamento, fue al lavabo y le trajo un vaso de agua. El hombre sediento bebió con avidez el agua. Todos se echaron de nuevo. Otra vez se apagó la luz. Los viajeros, reconfortados, se dispusieron a dormir. Transcurrieron unos minutos. Y, de repente, la misma voz de antes comenzó a decir:

-¡Ay, qué sed tenía, pero qué sed tenía!

La mente siempre tiene problemas. Cuando no tiene problemas reales, fabrica problemas imaginarios y ficticios, teniendo incluso que buscar soluciones imaginarias y ficticias.

Autor: Ramiro calle

El elefante encadenado.

Desde pequeños nos van imponiendo pequeñas estacas necesarias para nuestra educación. Pero cuando crecemos esas estacas ya no sirven y ese es el momento ser libres y buscar nuestra felicidad.

Cuando yo era pequeño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante que, como más tarde supe, era también el animal preferido por otros niños. Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales... Pero después de su actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas.

 

Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos

centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un

animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la

estaca y huir.

El misterio sigue pareciéndome evidente.

¿Qué lo sujeta entonces?

¿Por qué no huye?

Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los mayores. Pregunté

entonces a un maestro, un padre o un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó

que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.

Hice entonces la pregunta obvia: «Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?».

No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, olvidé el misterio del

elefante y la estaca, y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían

hecho esa pregunta alguna vez.

Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio

como para encontrar la respuesta:

El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era

muy, muy pequeño.

Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de

que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus

esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él.

Imaginé que se dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro...

Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a

su destino.

Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no

puede.

Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer.

Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo.

Jamás, jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza...

Todos somos un poco como el elefante del circo: vamos por el mundo atados a cientos de

estacas que nos restan libertad. Vivimos pensando que «no podemos» hacer montones de

cosas, simplemente porque una vez, hace tiempo, cuando éramos pequeños, lo intentamos y no

lo conseguimos. Hicimos entonces lo mismo que el elefante, y grabamos en nuestra memoria

este mensaje: No puedo, no puedo y nunca podré.

Hemos crecido llevando ese mensaje que nos impusimos a nosostros mismos y por eso nunca

más volvimos a intentar liberarnos de la estaca.

Cuando, a veces, sentimos los grilletes y hacemos sonar las cadenas, miramos de reojo la

estaca y pensamos:

No puedo y nunca podré.


Autor: Jorge Bucay.

La mujer que era un hombre. El síndrome de la insensibilidad androgénica. El caso de Anne S.

 Anne S., una atractiva mujer de 26 años, solicita tratamiento porque ella y su marido no pueden tener hijos.

Anne S., una atractiva mujer de 26 años, solicita tratamiento debido a dos trastornos relacionados con el sexo:

  • Ausencia de menstruación
  • Dolor durante el acto sexual

Solicitud ayuda porque ella y su marido, a lo largo de cuatro años, habían intentado, sin éxito, tener hijos, y ella asumía que una parte del problema era la ausencia del ciclo menstrual. Un examen físico revelo que Anne era una mujer joven y sana. Su única particularidad evidente en principio era la escasez y debilidad de vello púbico y axilar. Un examen de sus genitales externos no reveló ninguna anormalidad. Sin embargo, había algunos problemas con los genitales internos. La vagina medía solo 4 cm de longitud y el útero no estaba desarrollado.

Sorprendentemente los médicos de Anne llegaron a la conclusión de que era genéticamente un hombre, increíblemente llegaron a la conclusión de que Anne, la atractiva y joven ama de casa, era en realidad un hombre felizmente casado con su marido.

Tres pruebas apoyan este diagnóstico. En primer lugar, las células que se extrajeron del interior de la boca de Anne, resultaron ser del tipo másculino XY. En segundo lugar una pequeña incisión en el abdomen de Anne, que permitió a los médicos ver el interior, reveló un par de testículos internos, pero no ovarios. Por último, las pruebas pusieron de manifiesto que los niveles hormonales de Anne eran los de un hombre.

Anne sufre el síndrome de insensibilidad androgénica. Todos sus síntomas vienen del hecho de que su cuerpo tiene la capacidad para responder ante los andrógenos. Durante su desarrollo sexual, los testículos de Anne liberaron cantidades de andrógenos normales para un varón, pero su organismo no podía responder a ellos y su desarrollo prosiguió como si no se hubiesen liberado andrógenos, sus genitales externos, su cerebro y su comportamiento evolucionaron de acuerdo con las lineas femeninas preprogramadas, sin los efectos de unos andrógenos que anulasen el programa femenino, y sus testículos eran incapaces de descender desde la cavidad corporal al no haber escroto a donde bajar. Más aún, Anne no desarrollo conductos internos femeninos porque, al igual que otros varones genéticos, sus testículos liberaban la sustancia inhibidora del conducto de Müller. Esta es la razón por la cual su vagina era tan corta y su útero no estaba desarrollado. Al llegar a la pubertad, los testículos de Anne liberaron suficientes estrógenos para afeminizar su cuerpo en ausencia de los efectos contrarios de los andrógenos. Sin embargo, la androstendiona adrenal no fue capaz de estimular el crecimiento del vello púbico y axilar

Money y Ehrhardt (1972) estudiaron el desarrollo psicosexual de 10 pacientes insensibles a los andrógenos y llegaron a la conclusión de que la placidez de sus juegos de infancia, sus metas, sus fantasías, su comportamiento sexual y su instinto maternal (varios habían adoptado niños) “estaban de acuerdo con el estereotipo idealizado de lo que constituye la feminidad en nuestra cultura”. Al parecer en ausencia de los efectos masculinizantes de los andrógenos los niños que parecen hembras son criados como hembras y acaban pensando y actuando como tales, aunque genéticamente sean varones.

Un aspecto interesante de la ética médica se plantea con el síndrome de la insensibilidad androgénica. Muchas personas creen que los médicos deberían decirle todo a sus pacientes. ¿Si fuese el médico de Anne, le diría a ella que es un hombre? ¿Se lo diría a su marido? La vagina de Anne fue agrandada por medio de cirugía, se le aconsejó que adoptara a un niño y por lo que se sabe hasta ahora sigue felizmente casada e ignorante de su sexo genético.

Un caso similar a este apareció en la serie House MD donde una atractiva joven resultó ser vícticma del síndrome de la insensibilidad androgénica, exteriormente su cuerpo se había desarrollado como el de una voluptuosa mujer, al no haber influido las hormonas masculinas, andrógenos, durante su desarrollo.

Referencia bibliográfica: Sacado del libro Biopsicología de John P.J. Pinel, Editorial Prentice Hall,

4ª Edición. www.pearsoneducacion.com

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